Pastor Anglicano” is a collaboration between Anglican Compass and Caminemos Juntos to deliver translated and original content in Spanish. The following piece was written in Spanish. It is not a translation of a previous Anglican Compass post.


La Cuaresma es una especie de puesta a punto para mi automóvil. Al igual que mi coche, me hace falta este tuneup a fondo por lo menos una vez al año. Vale el juego de palabras decir que los cuarenta días de “auto-examinación” (o sea, “examen de conciencia”), que incluyen el ayuno y las demás disciplinas espirituales, aportan un ajuste esencial. Como la Cuaresma se conoce corrientemente como una temporada de ayuno, el Libro de Oración Común (LOC, 2019) tamiza su significado: “El ayuno, además de una reducción del consumo, normalmente incluye la oración, la introspección espiritual y los hechos de misericordia” (689). Todo esto no se debe realizar nada más como el cumplir unos ejercicios religiosos vacíos, sino que debería revelar finalidades de mayor alcance. Por ejemplo, si me privo de lo que como en exceso, podría contribuir esa cantidad al que tiene hambre de veras. De esta manera, voy a vincularme con la cuestión trascendental de la empatía humana.

El modelo por excelencia que demuestra el significado de la Cuaresma y el ayuno son los cuarenta días de prueba en el desierto, donde el Hijo de Dios resistió las mentiras y las fantasías de Satanás. Detrás de estos cuarenta días, hay a su vez una serie de alusiones al Antiguo Testamento que arrojan luz sobre el asunto. Unos ejemplos de notar incluyen los cuarenta días en las que Moisés recibe las tablas de la Ley en la montaña, y la huida de Elías a la montaña de Dios. Perseguido por el corrupto Rey Acab, el profeta quiso renovar el Pacto en beneficio del remanente fiel. La conexión analógica entre Moisés y Jesús, el dador de la nueva Ley de Amor es indiscutible.

Basta otro ejemplo del trasfondo veterotestamentario para ilustrar la importancia del número cuarenta. Ocurre cuando los hijos de Israel dan vueltas en la árida península de Sinaí por cuarenta años antes de obtener el permiso divino para entrar en la tierra prometida. Desgraciadamente, apenas aprendieron los israelitas en esos cuarenta años lo que Jesús demostró en cuarenta días. El ejemplo que Jesús da en este contexto nos enseña la importancia de desarrollar la “actitud del ayuno”, la cual da armas contra el diablo y nos capacita a ver con claridad y a combatir con eficacia las estrategias del tentador. Después de todo, el Espíritu nos lleva a ese lugar y allí los ángeles nos ministran. De ahí que el espíritu ayunador de gracia y ganas—el espíritu de la Cuaresma—sirva, como dice San Agustín, para limpiar el alma, elevar la mente, subyugar la carne al espíritu y hacer que el corazón se vuelva contrito y humilde (“Sermón, sobre la oración y el ayuno”, LXXII).

Durante los cuarenta días en aquella tierra seca, la primera tentación, o prueba, según el cuatro capítulo de San Mateo es la de convertir piedras en pan. En su libro, En el Nombre de Jesús, Henri Nouwen revela que la tentación para un líder—ya sea de hogar, iglesia, comunidad o trabajo—es la de ser “relevante”, de ser el más útil, el que produce más, el autosuficiente transformador de piedras. Pero Cristo expone lo hueco de aquello, y nos llama a ser genuinos, a estar presentes al prójimo, y a resistir el espejismo de la popularidad. En la granja de mi niñez, recuerdo cómo teníamos que quitar las zarzas, los tocones y las piedras de un campo nuevo antes de poder disfrutar de un cultivo sustancioso. Las piedras “se convertían en pan” figuradamente a fuerza de mucho trabajo y no por magia, lo cual viene a ser figura del mismo Pan de Vida que nos fue comprado a gran precio.

Luego el Diablo le sugiere que se arroje del templo en una demostración de lo espectacular, lo que suscita para mí la pregunta: ¿busco preeminencia en la farándula espiritual actual, o rechazo la competencia, simplemente para servir con amor? Pero el diablo no se deja vencer así de fácil, y mientras Jesús sigue empujándolo hacia atrás, el maligno le pone en oferta la tentación más seductora y embriagadora, la de abusar del poder.

La fascinación hacia el abuso de poder tiene, quizá, su más fuerte atracción en las palabras de San Pedro (antes de que éste fuera “santo” propiamente dicho). Inmediatamente después de que Cristo les explica a los discípulos todo lo que tendrá que sufrir, Pedro reacciona maquinalmente contra la idea, y leemos que: “lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo: —¡De ninguna manera, Señor! ¡Esto no te sucederá jamás! Jesús se volvió y le dijo a Pedro: ´—¡Aléjate de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres´” (Mat 16.22-23 NVI). Sin querer, Pedro se había convertido en la portavoz de diablo. No entendía que el camino al reino de Dios consistía en todo lo opuesto de lo que él suponía. Jesús le explica que más bien, “Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará” (16.24-25).

En ese momento, Pedro no pudo concebir el poder del “reino al revés” que Jesús representaba. Sin embargo, Cristo todavía nos llama a contrariar a Satanás y aprender que los débiles y los que no tienen poder son nuestros mejores maestros. Amar de modo auténtico es más difícil que andar por el atajo de la prepotencia, pero vale la pena. Hasta el mundo natural enseña que los atajos casi nunca funcionan; para llegar a las tunas dulces y maduras, por ejemplo, es necesario caminar por un campo de nopales espinosos. La Cuaresma es entonces, una oportunidad de acercarnos a Dios, poniéndole un paro a nuestro egocentrismo y otros “-ismos” predilectos, o sea, los caminos fáciles que evitan la Cruz. Así afrontamos un mundo incierto con valentía y esperanza. Al fin y al cabo, la Cuaresma apunta al gran evento de nuestra salvación, el Día de Resurrección.

(Será publicado por Anglican House Publishers [to be published by Anglican House Publishers].)